Comes sin hambre, sigues comiendo aunque ya estés lleno o usas la comida para calmarte cuando el día se hace cuesta arriba. Después llega la culpa, la promesa de “mañana empiezo” y la sensación de estar siempre en el mismo bucle.
No es falta de fuerza de voluntad. Muchas veces la comida se ha convertido en una forma de gestionar emociones, estrés o cansancio… porque es lo que has aprendido a hacer.
En Maraña trabajamos la alimentación emocional para que puedas entender qué te pasa con la comida, recuperar señales de hambre y saciedad y dejar de vivir comer como una lucha constante.
Soy dietista-nutricionista y trabajo con personas que comen sin hambre, que pierden el control en determinados momentos o que recurren a la comida cuando hay ansiedad, estrés, aburrimiento o cansancio emocional. Muchas veces no es algo puntual, sino un patrón que se repite y acaba generando culpa, frustración y sensación de no poder parar.
En consulta aparece a menudo la idea de “sé que no tengo hambre, pero lo necesito” o de no entender por qué la comida se convierte en refugio justo cuando el día se hace cuesta arriba. Detrás no suele haber falta de fuerza de voluntad, sino una relación con la comida que se ha construido para calmar, tapar o aliviar emociones difíciles.
Mi forma de trabajar no va de controlarte más ni de prohibirte alimentos. Trabajamos para entender qué emoción está detrás de la conducta alimentaria, qué función cumple la comida y cómo encontrar otras formas de regularte sin dañarte. El objetivo no es comer perfecto, sino dejar de depender de la comida para gestionar lo que te pasa.
50€/sesión
Duración:40-50 minutos
Reserva tu cita*Coste total de 150€
Reserva tu cita*Coste total de 270€
Reserva tu citaEn comidas familiares o celebraciones te propones comer con cabeza, pero una vez empiezas te cuesta frenar. Comes más de lo que querías y luego aparece la pesadez y la culpa.
Abres una bolsa de patatas, frutos secos o dulces con la idea de comer un poco, pero acabas terminándola casi sin darte cuenta. No es hambre, es impulso.
Al final del día, con cansancio o estrés acumulado, el control baja y el impulso aparece con más fuerza. Comer se vuelve automático.
Tras el episodio aparece el arrepentimiento, las promesas de “mañana me controlo” o la idea de compensar. Así el impulso no se resuelve, solo vuelve a activarse.
Sin compromisos, sin presiones. Solo un espacio para empezar a desenredar lo que llevas dentro.